¿Consumir orgánico vale el costo?

Por intuición (o una suerte de sentido común inculcado, en realidad), por defecto, pensamos que lo natural es mejor que lo que ha sido intervenido por la mano del hombre. Sí, asumimos sin chistar que es cierto que comernos un tomate cultivado sin utilizar agroquímicos es mejor para nuestra salud que un tomate cultivado de manera ‘convencional’, cultivado utilizando pesticidas y agroquímicos. Y, de acuerdo con algunos expertos, en efecto es así.

La evidencia, sin embargo, no es tan concluyente: la genetista de la Universidad Agraria La Molina, Antonietta Gutiérrez, explica que los pesticidas que se aplican a los cultivos convencionales pueden ser altamente tóxicos “dependiendo de las concentraciones” y que “si no hay sintomatología, de todas maneras se afecta el potencial de las personas”. De acuerdo, es como decir que fumar a veces mata, pero ¿comer tomates comprados en Wong enferma?

Está de moda consumir productos orgánicos y comer ‘sano’, lo que es consistente con estos tiempos de apariencias más que de esencias. Y, de hecho, el acceso a la oferta de estos productos habla por sí misma: cuando éramos niños, si mi madre quería comprar huevos de granja, había que hacer un viaje interprovincial para conseguirlos, pero, además, si mal no recuerdo, eran más baratos que los normales. Hoy se pueden encontrar huevos orgánicos en rumas en Wong o en Vivanda, delante de las cajeras, debajo de los cigarrillos y al lado de los Skittles de colores.

Consecuentemente, razonamos: “Si es mejor, se justifica que el costo sea mayor”. ¿Cuánto mayor? Dependerá de lo que cada uno considere razonable, lo que a su vez depende del poder adquisitivo de cada quien. Pero, en términos generales, por ejemplo, una docena de huevos orgánicos (puestos por gallinas orgánicas, que solo han sido alimentadas con maíz y otros productos orgánicos), cuesta el doble que una docena de huevos convencionales. “Si si puedo pagar lujos, entonces me voy a lo de mejor calidad”, explica Gutiérrez.

¿EL MEJOR TOMATE?
Para ser justos, le preguntamos a la representante de la Bioferia de Miraflores (adonde me ha arrastrado mi novia en varias oportunidades), Norma Rentería, cuál es el valor agregado que justifica que los productos orgánicos sean más caros.

“Uno podría pensar que, si no se utilizan agroquímicos, debe ser menos costoso, pero toma más mano de obra y más cuidado la gestión del cultivo y en la cadena de transporte para no contaminarlos transportándolos junto a productos convencionales. Hay mucho más cuidado y, por eso, son más costosos”, nos dijo. Insistimos: ¿qué hace que valga la pena el mayor costo?

“Hay instituciones autorizadas por Senasa –mencionó a Biolatina y Control Union– que garantizan que estos productos son orgánicos [...] los tomates orgánicos, lamentablemente, no son como los convencionales del supermercado, rojitos igualitos y redonditos”, respondió Rentería.

¿No hay entonces, más allá del uso de pesticidas y abonos, ninguna diferencia tangible para el consumidor? “Se siente en el sabor de las frutas y verduras orgánicas, y porque afectan menos la salud que un producto convencional”.

¿Hay evidencia científica o estadística que respalde esas afirmaciones? “No, nosotros nos basamos en los testimonios de nuestros clientes, que nos dicen que se sienten más ligeros, más alegres, que a sus niños con alergias les va mejor que con los alimentos convencionales”. Pero, sin datos duros que las respalde, sigue siendo subjetivo, como el caso de Robert Parker, el celebérrimo enólogo que le otorgó un puntaje de noventa puntos sobre cien, a un vino de 1,5 euros.

Según la Dra. Gutiérrez: “Ello tiene un efecto en la salud que no es rebatible. Nadie puede decir que el control de insectos con sustancias muy tóxicas no afectan a los tomates a nivel celular [no se quita con el lavado], y al ingerirlos quedan trazas muy pequeñas que se van acumulando en las articulaciones y, por eso, es mucho más peligroso para los niños; eso está demostrado [mas] no existe un estudio que diga cuál es la dosis mínima letal para las personas por edades”.

El ingeniero Ramón Vega, de la Asociación Nacional de Productores Ecológicos del Perú (ANPE), sostiene que “los pesticidas son venenos muy potentes que se meten en el sistema de las plantas y, luego, pasan a las personas, y eso está documentado en amplios estudios financiados por Greenpeace”. Asegura que un tomate convencional tiene una cáscara más gruesa y es insípido.

PERO ¿ES ASÍ?
En el 2008, el bioquímico Rob Johnson citó en un artículo suyo aparecido en el diario inglés “The Independent” (de corte, más bien, liberal) un estudio de la universidad de Hohenheim en Alemania: “No se puede llegar a conclusiones claras respecto de la calidad de los alimentos orgánicos según las investigaciones recientes”. Esa universidad tiene uno de los programas de agricultura orgánica líderes en Europa, basado en cinco puntos: productos de alta calidad, uso adecuado de los recursos humanos y naturales, mantenimiento de la biodiversidad, sistemas productivos sostenibles, y la no utilización de pesticidas o fertilizantes. Ni una palabra sobre si son o no más saludables.

Según Gutiérrez, eso se explica porque los estándares de calidad y las exigencias (altísimos todos ellos) han reducido la valla entre productos orgánicos y convencionales al punto de que lo convencional, en Alemania, no es tóxico. Los productos orgánicos en Europa cuestan entre cinco y ocho veces más que sus contrapartes convencionales, porque son casi una curiosidad.

Yendo al extremo, si lo que Gutiérrez y Vega sostienen es cierto, todos hemos estado comiendo veneno por más de cuarenta años. Y dejar de comerlo cuesta 50% más. Me voy a Wong.

Fuente: El Comercio Perú

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